“Echado en la cama boca arriba, aprieto la almohada contra mi cara e intento morir asfixiado. (…) A un suicida experimentado jamás se le ocurriría matarse así. Se colgaría del techo, se tiraría de un décimo piso o se pegaría un tiro: rápido y seguro, aunque bastante sucio. Yo no puedo matarme de esa forma, no podría hacerle eso a mamá. Lo mejor sería morir en la cama, como si estuviera durmiendo, así ella no tendría que ver sesos desparramados por todo el cuarto. Además, tardaría días en quitar la sangre de las paredes y de los muebles, tendría que volver a pintar, y todo entre lágrimas. Al final mamá me recordaría con tristeza y con rencor, por todo lo que tuvo que limpiar”.

A los catorce años el adolescente se mira a sí mismo, y en esa capacidad de percibir el entorno, puede, en muchos casos, hacerse muy vulnerable o poderoso. Los errores cometidos, sumados al aquelarre de conductas inadecuadas, conllevan a que el personaje sienta remordimientos y culpas. Los acontecimientos no ayudan a reparar el desánimo ni el deseo de desaparecer. La muerte deja de ser una fantasía, se manifiesta, se exhibe, se absorbe, con una poética voraz que se desprende en cada línea, y que el autor, dotado de talento y sensibilidad incontenible, derrama.
 

Sabrina Alvarez

La edad del idiota - Diego Rotondo

$1.900,00
La edad del idiota - Diego Rotondo $1.900,00
Entregas para el CP:

Medios de envío

“Echado en la cama boca arriba, aprieto la almohada contra mi cara e intento morir asfixiado. (…) A un suicida experimentado jamás se le ocurriría matarse así. Se colgaría del techo, se tiraría de un décimo piso o se pegaría un tiro: rápido y seguro, aunque bastante sucio. Yo no puedo matarme de esa forma, no podría hacerle eso a mamá. Lo mejor sería morir en la cama, como si estuviera durmiendo, así ella no tendría que ver sesos desparramados por todo el cuarto. Además, tardaría días en quitar la sangre de las paredes y de los muebles, tendría que volver a pintar, y todo entre lágrimas. Al final mamá me recordaría con tristeza y con rencor, por todo lo que tuvo que limpiar”.

A los catorce años el adolescente se mira a sí mismo, y en esa capacidad de percibir el entorno, puede, en muchos casos, hacerse muy vulnerable o poderoso. Los errores cometidos, sumados al aquelarre de conductas inadecuadas, conllevan a que el personaje sienta remordimientos y culpas. Los acontecimientos no ayudan a reparar el desánimo ni el deseo de desaparecer. La muerte deja de ser una fantasía, se manifiesta, se exhibe, se absorbe, con una poética voraz que se desprende en cada línea, y que el autor, dotado de talento y sensibilidad incontenible, derrama.
 

Sabrina Alvarez